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El descenso de Inanna/Ishtar al infierno

Cuando, desde lo alto del cielo, la belicosa Inanna, diosa del amor y de la guerra, quiso visitar el infierno, para evitar quedarse atrapada para siempre en el mundo de los muertos ordenó a su asistente Ninshubur que informara a los dioses de su viaje. Al llegar al palacio de Ganzer, en el centro del mundo inferior, con gesto autoritario Inanna ordenó al portero abrir las puertas. Éste la interrogó acerca del motivo de su presencia, y la diosa respondió que deseaba asistir a los funerales de Gugalanna, marido de Ereshkigal, su propia hermana y reina del infierno. 

Relieve Burney. Posible representación de la 
diosa Ishtar/Inanna en un relieve babilónico 
de los siglos XIX-XVII a.C. 

Cuando Ereshkigal fue informada de la presencia de su hermana, preocupada, se golpeó los muslos con rabia y se mordió los labios. Ordenó al portero descorrer el cerrojo de las siete puertas del infierno y permitirla entrar. Sin embargo, la reina del infierno ordenó también que, al entrar en su palacio, Inanna fuera despojada de sus poderes y vestimentas. Así ocurrió, y cuando Inanna fue conducida ante el trono de Ereshkigal completamente desnuda y desarmada, indignada, protestó por el trato recibido. Pero los siervos de Ereshkigal la obligaron a guardar silencio y acatar los rituales del infierno. Entonces, la diosa Ereshkigal la miró con furia y, lanzando contra ella un grito de maldición, la convirtió en un cadáver. A continuación, el cadáver de Inanna fue colgado de un clavo.

Pasados tres días y tres noches, temiendo por la vida de su señora, Ninshubur alertó a los dioses tal y como se le había ordenado. En primer lugar, Ninshubur acudió al palacio del Ekur para pedir ayuda a Enlil, el rey de los dioses. Sin embargo, Enlil se negó a prestar su ayuda a Inanna alegando que la diosa debía asumir las consecuencias de su propia decisión. A continuación, Ninshubur derramó sus lágrimas ante Nanna, dios de la luna y padre de Inanna, pero éste tampoco escuchó sus súplicas. Finalmente, la sierva de Inanna acudió a Enki, creador de los hombres, quien se apiadó de la diosa y se propuso salvarla. Para ello, sacando un poco de tierra de debajo de sus uñas, Enki moldeó a un kurgara y un kalatur. Los animó mediante la comida y la bebida de la vida, y entonces les ordenó descender al infierno y traer de vuelta a Inanna. 

Detalle del Vaso de Ishtar. Posible representación 
de la diosa Ishtar/Inanna. Primera mitad del 
segundo milenio antes de Cristo.

Ya en el interior del palacio de Ganzer, el kurgara y el kalatur se compadecieron de los dolores de Ereshkigal por la muerte de su marido y lloraron con ella. Cuando, halagada, Ereshkigal les ofreció el agua del río y el grano de los campos en agradecimiento, el kurgara y el kalatur se negaron a aceptarlos. En su lugar, pidieron como regalo el cadáver de Inanna, que pendía colgado de un clavo. Una vez tuvieron el cadáver de la diosa en su poder, el kurgara y el kalatur derramaron el alimento y el agua de vida sobre ella e Inanna regresó a la vida. Sin embargo, antes de liberar a Inanna, los Anunna, dioses del mundo inferior, le exigieron que dejara un sustituto en el infierno. 

Para traer un sustituto de Inanna al infierno, demonios grandes y pequeños siguieron a la diosa al mundo superior. Los demonios, que rechazaban toda ofrenda de comida o bebida, portaban un bastón y numerosas armas en su cintura. Cuando Inanna regresó al mundo exterior, Ninshubur, su asistente, se arrojó a sus pies aliviada por su regreso. Los demonios quisieron llevársela, pero Inanna se negó a dejarla marchar. Los demonios también quisieron llevarse a Shara, trovadora y peluquera de la diosa, y a Lulal, su capitán, pero Inanna no lo permitió. En lugar de sus sirvientes, la diosa entregó al pastor Dumuzi, su amante, a los demonios. Pero cuando éstos atraparon a Dumuzi, el pastor suplicó ayuda a Utu, dios del sol y hermano de Inanna. 

Estrella de ocho puntas de Ishtar/Inanna en la 
estela del rey Melishipak, siglo XII a.C.

El dios Utu transformó las manos y los pies de Dumuzi en manos y pies de serpiente, de modo que el joven pudo escapar de sus captores. Dumuzi se ocultó en casa de su hermana. No obstante, una mosca delató su presencia a los demonios, quienes volvieron a capturarlo. En agradecimiento por su ayuda, Inanna concedió un destino favorable a la mosca. 

Cuando los demonios apresaron a Dumuzi, Geshtinanna, su hermana, suplicó a la diosa que se la llevaran a ella en su lugar. Inanna, apenada por el llanto de la muchacha, le permitió sustituir a su hermano durante la mitad del año. De esta forma, la diosa logró regresar al reino de los dioses tras descender al infierno.


Fuente:
BOTTÉRO J. Y KRAMER S.N. (Ed.) (2004): Cuando los Dioses Hacían de Hombres. Mitología Mesopotámica. Madrid. Akal.  

El combate del dios Ninurta contra el temible Asakku

Ninurta, el poderoso dios guerrero hijo de Enlil, rey de los dioses, residía en el palacio del Ekur junto a su padre. Irradiaba una potente luz a través de sus ojos, era tan alto y fuerte como Enki e incluso rivalizaba con An y Enlil a la hora de beber. 

Un día, cuando Ninurta celebraba un banquete junto a los dioses, Sharur, su maza alada con cabeza de león, le advirtió de un gran peligro: en el este, el terrible Asakku, hijo de la tierra, había reunido un enorme ejército de rocas y había sometido con él numerosas ciudades en la comarca de la Montaña. Allí, el Asakku, de rostro agresivo y dientes de tiburón, se había hecho erigir un trono desde el cual gobernaba a los aterrorizados habitantes de la comarca y desafiaba al propio Ninurta. Enfurecido por la noticia de Sharur, el dios lanzó un grito tan potente que la tierra se estremeció y el cielo se cubrió de tinieblas. Cuando Ninurta se golpeó el muslo con el puño, asustados, los demás dioses huyeron como corderos del palacio del Ekur.

Poseído por una furia incontrolable, Ninurta se puso en pie, y su cabeza llegó a tocar el mismo cielo. Reunió a los ocho vientos y se armó con su maza y su jabalina. Entonces marchó al este, cubriendo cincuenta largas leguas con cada una de sus zancadas. Ya en la comarca de la Montaña, Ninurta desató un terrible cataclismo contra sus enemigos e incendió la tierra haciendo llover brasas y relámpagos del cielo. La tierra abrió sus entrañas y el río Tigris se arremolinó turbulento, cenagoso y pútrido. Ninurta exterminó a numerosos monstruos con su poder, entre los cuales se encontraban el Musmón de seis cabezas, el Anzu y el Rey palmera. Sin embargo, el dios no pudo dar muerte al Asakku, pues éste aguardaba su llegada refugiado en la propia Montaña.

Decidido a combatir contra el Asakku, Ninurta ordenó a su maza y su jabalina que se deslizaran hasta su cintura y asió su lanza y su escudo. A continuación, se dirigió con ardor hacia el campo de batalla, paralizando de terror al cielo y la tierra. El arma Sharur intentó detener a su señor, pues temía por su vida, pero Ninurta estaba decidido a exterminar al Asakku. La propia Montaña se derrumbó ante la marcha de los regimientos del dios, y cuando éste asió su garrote, el sol y la luna abandonaron sus puestos y el día se volvió negro como la noche.

El Asakku se lanzó entonces contra Ninurta, echando mano al cielo y blandiéndolo como una maza. El monstruo reptaba por la tierra como una repulsiva serpiente. Sudaba en abundancia por sus flancos. A su paso, removió la superficie de la tierra e incendió los cañaverales, y el cielo se veló de sangre. Profiriendo espantosos gritos guturales, se abalanzó entonces sobre Ninurta y lo aprisionó envolviéndolo en oscuridad. Sin embargo, mientras Ninurta estaba prisionero, el arma Sharur atravesó las tinieblas para llevarle un mensaje de ánimo del dios Enlil. Reconfortado por las palabras de su padre, Ninurta aulló como un huracán: recuperó sus fuerzas, se liberó de la oscuridad que lo ataba y volvió a enfrentarse a su enemigo.

Aunque el Asakku se guareció en el interior de una fortaleza, Ninurta logró atraparlo. El dios debilitó el brillo sobrenatural que protegía a su enemigo como si se tratara de una coraza, y entonces, enfurecido, castró al Asakku y partió su cuerpo en pedazos antes de comprimirlo como el adobe. 

Tras el combate, Ninurta maldijo a las piedras que habían servido al Asakku otorgándoles destinos desfavorables. Estableció después las crecidas del Tigris para que regaran la tierra al desbordarse e hizo nacer frondosos jardines y huertos en la tierra. Henchido de orgullo, Enlil, padre de Ninurta y rey de los dioses, se acercó a su hijo y lo bendijo por sus acciones. Utu, el dios del sol que todo lo ve, lo felicitó por su victoria, y los demás dioses se postraron a sus pies y le aplaudieron.




Fuentes:
Lugal-e:
BOTTÉRO J. Y KRAMER S.N. (Ed.) (2004): Cuando los Dioses Hacían de Hombres. Mitología Mesopotámica. Madrid. Akal.  





El matrimonio de Enlil, rey de los dioses, y la hermosa Ninlil

Antes de que los dioses crearan a los hombres para que los sustentaran a través de sus sacrificios, existía ya la hermosa ciudad de Nippur. Enlil, señor del viento y rey de todos los dioses, hijo de An y Ki, dioses del cielo y de la tierra, habitaba en el palacio de Ekur, en Nippur. También vivía en Nippur la joven y bella Ninlil, hija de la anciana Nunbarshegunu. La anciana había aconsejado a Ninlil que no se bañara jamás en las aguas del canal de Nippur, pues si Enlil la descubriera, querría hacerla suya. No obstante, la bella Ninlil ignoró las advertencias de su madre y, un día, decidió darse un baño en el claro curso del canal de Nippur.

Como temía Nunbarshegunu, mientras su hija se bañaba en el canal, el venerable dios Enlil posó sus ojos en ella. Enlil se acercó a Ninlil y le expresó su deseo de unirse a ella, pero la joven lo rechazó. No obstante, en su segundo intento, Enlil consiguió yacer con Ninlil, escondidos ambos en un cañaveral en un recodo de la orilla. De la unión secreta de Enlil y Ninlil nació el brillante Shin, dios de la luna. Cuando los cincuenta grandes dioses y los siete dioses que determinan los destinos se enteraron de aquella unión, reprendieron a Enlil. Por haber engendrado a Shin fuera del matrimonio, los dioses desterraron a su propio rey al infierno. Así pues, Enlil abandonó Nippur y descendió al mundo de los muertos, y Ninlil lo siguió.

En las puertas del infierno, Enlil, que se había percatado de que Ninlil caminaba tras él, se hizo pasar por el guardián de la entrada. Cuando Ninlil se encontró con el portero del infierno, quien era Enlil en realidad, éste la convenció para que se uniera a él. Ninlil quedó entonces embarazada de Nergal, futuro esposo de Ereshkigal y soberano del infierno. A continuación, el rey de los dioses prosiguió su camino, encontrándose después con el hombre del río infernal devorador de personas. Enlil se unió a Ninlil de nuevo, haciéndose pasar esta vez por el hombre del río infernal devorador de personas. Tras aquel encuentro, Ninlil quedó embarazada del dios Ninazu. Enlil continuó su camino y, al encontrarse con Silulim, el barquero del infierno, adoptó su apariencia para, una vez más, unirse a Ninlil. La diosa quedó embarazada entonces de Enbilulu, administrador de los canales.


Para formalizar su relación con Ninlil y engendrar nuevos hijos en el mundo de los vivos, Enlil pidió la mano de la muchacha a su anciana madre, a quien envió un valioso tesoro como regalo. Así pues, finalmente, Enlil desposó a Ninlil en el palacio del Ekur. De pie ante su trono, Enlil determinó el destino de su esposa nombrándola reina de todos los dioses y, mediante las palabras sagradas de los dioses, Enlil le otorgó honorables poderes. Así, Ninlil, la nueva reina de los dioses, obtuvo poder sobre los nacimientos y se convirtió en la patrona de la agricultura y la escritura.


Fuentes:
BOTTÉRO J. Y KRAMER S.N. (Ed.) (2004): Cuando los Dioses Hacían de Hombres. Mitología Mesopotámica. Madrid. Akal.  
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jueves, 24 de abril de 2014

El descenso de Inanna/Ishtar al infierno

Cuando, desde lo alto del cielo, la belicosa Inanna, diosa del amor y de la guerra, quiso visitar el infierno, para evitar quedarse atrapada para siempre en el mundo de los muertos ordenó a su asistente Ninshubur que informara a los dioses de su viaje. Al llegar al palacio de Ganzer, en el centro del mundo inferior, con gesto autoritario Inanna ordenó al portero abrir las puertas. Éste la interrogó acerca del motivo de su presencia, y la diosa respondió que deseaba asistir a los funerales de Gugalanna, marido de Ereshkigal, su propia hermana y reina del infierno. 

Relieve Burney. Posible representación de la 
diosa Ishtar/Inanna en un relieve babilónico 
de los siglos XIX-XVII a.C. 

Cuando Ereshkigal fue informada de la presencia de su hermana, preocupada, se golpeó los muslos con rabia y se mordió los labios. Ordenó al portero descorrer el cerrojo de las siete puertas del infierno y permitirla entrar. Sin embargo, la reina del infierno ordenó también que, al entrar en su palacio, Inanna fuera despojada de sus poderes y vestimentas. Así ocurrió, y cuando Inanna fue conducida ante el trono de Ereshkigal completamente desnuda y desarmada, indignada, protestó por el trato recibido. Pero los siervos de Ereshkigal la obligaron a guardar silencio y acatar los rituales del infierno. Entonces, la diosa Ereshkigal la miró con furia y, lanzando contra ella un grito de maldición, la convirtió en un cadáver. A continuación, el cadáver de Inanna fue colgado de un clavo.

Pasados tres días y tres noches, temiendo por la vida de su señora, Ninshubur alertó a los dioses tal y como se le había ordenado. En primer lugar, Ninshubur acudió al palacio del Ekur para pedir ayuda a Enlil, el rey de los dioses. Sin embargo, Enlil se negó a prestar su ayuda a Inanna alegando que la diosa debía asumir las consecuencias de su propia decisión. A continuación, Ninshubur derramó sus lágrimas ante Nanna, dios de la luna y padre de Inanna, pero éste tampoco escuchó sus súplicas. Finalmente, la sierva de Inanna acudió a Enki, creador de los hombres, quien se apiadó de la diosa y se propuso salvarla. Para ello, sacando un poco de tierra de debajo de sus uñas, Enki moldeó a un kurgara y un kalatur. Los animó mediante la comida y la bebida de la vida, y entonces les ordenó descender al infierno y traer de vuelta a Inanna. 

Detalle del Vaso de Ishtar. Posible representación 
de la diosa Ishtar/Inanna. Primera mitad del 
segundo milenio antes de Cristo.

Ya en el interior del palacio de Ganzer, el kurgara y el kalatur se compadecieron de los dolores de Ereshkigal por la muerte de su marido y lloraron con ella. Cuando, halagada, Ereshkigal les ofreció el agua del río y el grano de los campos en agradecimiento, el kurgara y el kalatur se negaron a aceptarlos. En su lugar, pidieron como regalo el cadáver de Inanna, que pendía colgado de un clavo. Una vez tuvieron el cadáver de la diosa en su poder, el kurgara y el kalatur derramaron el alimento y el agua de vida sobre ella e Inanna regresó a la vida. Sin embargo, antes de liberar a Inanna, los Anunna, dioses del mundo inferior, le exigieron que dejara un sustituto en el infierno. 

Para traer un sustituto de Inanna al infierno, demonios grandes y pequeños siguieron a la diosa al mundo superior. Los demonios, que rechazaban toda ofrenda de comida o bebida, portaban un bastón y numerosas armas en su cintura. Cuando Inanna regresó al mundo exterior, Ninshubur, su asistente, se arrojó a sus pies aliviada por su regreso. Los demonios quisieron llevársela, pero Inanna se negó a dejarla marchar. Los demonios también quisieron llevarse a Shara, trovadora y peluquera de la diosa, y a Lulal, su capitán, pero Inanna no lo permitió. En lugar de sus sirvientes, la diosa entregó al pastor Dumuzi, su amante, a los demonios. Pero cuando éstos atraparon a Dumuzi, el pastor suplicó ayuda a Utu, dios del sol y hermano de Inanna. 

Estrella de ocho puntas de Ishtar/Inanna en la 
estela del rey Melishipak, siglo XII a.C.

El dios Utu transformó las manos y los pies de Dumuzi en manos y pies de serpiente, de modo que el joven pudo escapar de sus captores. Dumuzi se ocultó en casa de su hermana. No obstante, una mosca delató su presencia a los demonios, quienes volvieron a capturarlo. En agradecimiento por su ayuda, Inanna concedió un destino favorable a la mosca. 

Cuando los demonios apresaron a Dumuzi, Geshtinanna, su hermana, suplicó a la diosa que se la llevaran a ella en su lugar. Inanna, apenada por el llanto de la muchacha, le permitió sustituir a su hermano durante la mitad del año. De esta forma, la diosa logró regresar al reino de los dioses tras descender al infierno.


Fuente:
BOTTÉRO J. Y KRAMER S.N. (Ed.) (2004): Cuando los Dioses Hacían de Hombres. Mitología Mesopotámica. Madrid. Akal.  

sábado, 11 de enero de 2014

El combate del dios Ninurta contra el temible Asakku

Ninurta, el poderoso dios guerrero hijo de Enlil, rey de los dioses, residía en el palacio del Ekur junto a su padre. Irradiaba una potente luz a través de sus ojos, era tan alto y fuerte como Enki e incluso rivalizaba con An y Enlil a la hora de beber. 

Un día, cuando Ninurta celebraba un banquete junto a los dioses, Sharur, su maza alada con cabeza de león, le advirtió de un gran peligro: en el este, el terrible Asakku, hijo de la tierra, había reunido un enorme ejército de rocas y había sometido con él numerosas ciudades en la comarca de la Montaña. Allí, el Asakku, de rostro agresivo y dientes de tiburón, se había hecho erigir un trono desde el cual gobernaba a los aterrorizados habitantes de la comarca y desafiaba al propio Ninurta. Enfurecido por la noticia de Sharur, el dios lanzó un grito tan potente que la tierra se estremeció y el cielo se cubrió de tinieblas. Cuando Ninurta se golpeó el muslo con el puño, asustados, los demás dioses huyeron como corderos del palacio del Ekur.

Poseído por una furia incontrolable, Ninurta se puso en pie, y su cabeza llegó a tocar el mismo cielo. Reunió a los ocho vientos y se armó con su maza y su jabalina. Entonces marchó al este, cubriendo cincuenta largas leguas con cada una de sus zancadas. Ya en la comarca de la Montaña, Ninurta desató un terrible cataclismo contra sus enemigos e incendió la tierra haciendo llover brasas y relámpagos del cielo. La tierra abrió sus entrañas y el río Tigris se arremolinó turbulento, cenagoso y pútrido. Ninurta exterminó a numerosos monstruos con su poder, entre los cuales se encontraban el Musmón de seis cabezas, el Anzu y el Rey palmera. Sin embargo, el dios no pudo dar muerte al Asakku, pues éste aguardaba su llegada refugiado en la propia Montaña.

Decidido a combatir contra el Asakku, Ninurta ordenó a su maza y su jabalina que se deslizaran hasta su cintura y asió su lanza y su escudo. A continuación, se dirigió con ardor hacia el campo de batalla, paralizando de terror al cielo y la tierra. El arma Sharur intentó detener a su señor, pues temía por su vida, pero Ninurta estaba decidido a exterminar al Asakku. La propia Montaña se derrumbó ante la marcha de los regimientos del dios, y cuando éste asió su garrote, el sol y la luna abandonaron sus puestos y el día se volvió negro como la noche.

El Asakku se lanzó entonces contra Ninurta, echando mano al cielo y blandiéndolo como una maza. El monstruo reptaba por la tierra como una repulsiva serpiente. Sudaba en abundancia por sus flancos. A su paso, removió la superficie de la tierra e incendió los cañaverales, y el cielo se veló de sangre. Profiriendo espantosos gritos guturales, se abalanzó entonces sobre Ninurta y lo aprisionó envolviéndolo en oscuridad. Sin embargo, mientras Ninurta estaba prisionero, el arma Sharur atravesó las tinieblas para llevarle un mensaje de ánimo del dios Enlil. Reconfortado por las palabras de su padre, Ninurta aulló como un huracán: recuperó sus fuerzas, se liberó de la oscuridad que lo ataba y volvió a enfrentarse a su enemigo.

Aunque el Asakku se guareció en el interior de una fortaleza, Ninurta logró atraparlo. El dios debilitó el brillo sobrenatural que protegía a su enemigo como si se tratara de una coraza, y entonces, enfurecido, castró al Asakku y partió su cuerpo en pedazos antes de comprimirlo como el adobe. 

Tras el combate, Ninurta maldijo a las piedras que habían servido al Asakku otorgándoles destinos desfavorables. Estableció después las crecidas del Tigris para que regaran la tierra al desbordarse e hizo nacer frondosos jardines y huertos en la tierra. Henchido de orgullo, Enlil, padre de Ninurta y rey de los dioses, se acercó a su hijo y lo bendijo por sus acciones. Utu, el dios del sol que todo lo ve, lo felicitó por su victoria, y los demás dioses se postraron a sus pies y le aplaudieron.




Fuentes:
Lugal-e:
BOTTÉRO J. Y KRAMER S.N. (Ed.) (2004): Cuando los Dioses Hacían de Hombres. Mitología Mesopotámica. Madrid. Akal.  





viernes, 20 de diciembre de 2013

El matrimonio de Enlil, rey de los dioses, y la hermosa Ninlil

Antes de que los dioses crearan a los hombres para que los sustentaran a través de sus sacrificios, existía ya la hermosa ciudad de Nippur. Enlil, señor del viento y rey de todos los dioses, hijo de An y Ki, dioses del cielo y de la tierra, habitaba en el palacio de Ekur, en Nippur. También vivía en Nippur la joven y bella Ninlil, hija de la anciana Nunbarshegunu. La anciana había aconsejado a Ninlil que no se bañara jamás en las aguas del canal de Nippur, pues si Enlil la descubriera, querría hacerla suya. No obstante, la bella Ninlil ignoró las advertencias de su madre y, un día, decidió darse un baño en el claro curso del canal de Nippur.

Como temía Nunbarshegunu, mientras su hija se bañaba en el canal, el venerable dios Enlil posó sus ojos en ella. Enlil se acercó a Ninlil y le expresó su deseo de unirse a ella, pero la joven lo rechazó. No obstante, en su segundo intento, Enlil consiguió yacer con Ninlil, escondidos ambos en un cañaveral en un recodo de la orilla. De la unión secreta de Enlil y Ninlil nació el brillante Shin, dios de la luna. Cuando los cincuenta grandes dioses y los siete dioses que determinan los destinos se enteraron de aquella unión, reprendieron a Enlil. Por haber engendrado a Shin fuera del matrimonio, los dioses desterraron a su propio rey al infierno. Así pues, Enlil abandonó Nippur y descendió al mundo de los muertos, y Ninlil lo siguió.

En las puertas del infierno, Enlil, que se había percatado de que Ninlil caminaba tras él, se hizo pasar por el guardián de la entrada. Cuando Ninlil se encontró con el portero del infierno, quien era Enlil en realidad, éste la convenció para que se uniera a él. Ninlil quedó entonces embarazada de Nergal, futuro esposo de Ereshkigal y soberano del infierno. A continuación, el rey de los dioses prosiguió su camino, encontrándose después con el hombre del río infernal devorador de personas. Enlil se unió a Ninlil de nuevo, haciéndose pasar esta vez por el hombre del río infernal devorador de personas. Tras aquel encuentro, Ninlil quedó embarazada del dios Ninazu. Enlil continuó su camino y, al encontrarse con Silulim, el barquero del infierno, adoptó su apariencia para, una vez más, unirse a Ninlil. La diosa quedó embarazada entonces de Enbilulu, administrador de los canales.


Para formalizar su relación con Ninlil y engendrar nuevos hijos en el mundo de los vivos, Enlil pidió la mano de la muchacha a su anciana madre, a quien envió un valioso tesoro como regalo. Así pues, finalmente, Enlil desposó a Ninlil en el palacio del Ekur. De pie ante su trono, Enlil determinó el destino de su esposa nombrándola reina de todos los dioses y, mediante las palabras sagradas de los dioses, Enlil le otorgó honorables poderes. Así, Ninlil, la nueva reina de los dioses, obtuvo poder sobre los nacimientos y se convirtió en la patrona de la agricultura y la escritura.


Fuentes:
BOTTÉRO J. Y KRAMER S.N. (Ed.) (2004): Cuando los Dioses Hacían de Hombres. Mitología Mesopotámica. Madrid. Akal.